Hay Muchos relatos de viaje dentro la web, de seguro relatos bellos y otros hasta trágicos. Pero no se si alguna vez escucharon o leyeron este relato, un relato imaginario del viaje de un personaje, un viaje hecho a la ciudad de La Paz.La Paz, atrae al visitante por muchos motivos, la gran cantidad de atractivos, su peculiaridad. Pocas veces pero se ve todo ello manifestado en un cuento, que si bien no es enteramente el reflejo de la actualidad de ella permite que nazca cierta curiosidad por conocerla. Un relato, real o ficticio, muchas veces es motivo para el deseo de conocer algún espacio de nuestro planeta tierra.
Si bien el cuento, se escribió a inicios de la década de los 90’s, hace entrar en curiosidad el saber que el lo que hubiese pasado si Don Quijote, fuera de bromas, si ese Don quijote hubiese llegado a la ciudad de La Paz. Por ello presento para una vez más CONOCER BOLIVIA VIAJANDO, del genio de Juan Francisco Bedregal (+), 1883-1944, esta forma imaginaria en la que conoció Don Quijote la ínclita ciudad de La Paz.
“DON QUIJOTE EN LA CIUDAD DE LA PAZ
Las últimas proyecciones del sol, que se hundía en las lejanas cumbres, ponían tonos amarrillentos sobre el gris verdoso de la inmensa altiplanicie y alargaban, fantásticamente, las sombras de los viajeros, que con la avidez de concluir la jornada, trataban vanamente de aligerar el lento paso de sus jadeantes y desmedradas caballerías. El viento sonoro jugaba entre la paja bravía o encrespaba la verde superficie de los raquíticos cebadales, que se perfilaban, de trecho en trecho, junto a terrenos grietosos o barbechos perduzcos.
De rato en rato, pasaban tropas de asnos, indiferentes al palo del amero indígena, o de llamas asustadizas, que se abrían en hileras irregulares y tomaban los bordes del camino para dar cómodo paso a nuestros viajeros en los que filaban sus pupilas asombradas y misteriosas.
El llano era interminable; el paisaje fosco y bravío y el horizonte cerrado por lejanísimas cumbres de radiosa blancura; no se divisaba indicio de caserío o poblado que dar pudiera albergue a los peregrinos, que eran —asómbrate lector— el caballero insigne don Quijote de la Mancha, acompañado por su escudero Sancho Panza, que movido por el generoso deseo de acuchillar a los malandrines y follones, vestigios y endriagos, que abundan en Bolivia, venía con rumbo a La Paz.
Por fin Sancho, acongojado de no vislumbrar un sitio de reposo, deteniendo al rucio, increpó a su señor, temeroso de que hubiese equivocado el camino, a lo que éste, volviendo riendas a Rocinante, respondióle:
—No es de andantes caballeros, ni de quienes a su servicio están, permitir que los quebrantos del cuerpo, amengüen la entereza del ánima, ni propio en ti, Sancho amigo, que después de andanzas cruentas, complázcaste en hacer tela de comentarios o lienzo de conjeturas, sobre si es dable al bien pensar de tu amo, el tomar por moros a cristianos o por camino de encrucijada los caminos anchurosos de carretera. A La Paz he dicho y a La Paz llegaremos, magüer se opongan magos o hechiceros y mientras Dios sea servido de no cortar el hilo de la nueva existencia que plúgole otorgarme para bien suyo o tormento de villanos. En este mismo atardecer llegaremos a ese pueblo que no es amasijo de bellacos ni semillero de malandrines, pero donde, según reza la tradición, existen todavía doncellas que han menester del amparó de mi lanza, del bálsamo de mi palabra y del calor de mi corazón y cautivos que redimir y entuertos que enderezar.
—Y si no yerran, como que errar no pueden los pronósticos de los astrólogos y adivinadores, esa ciudad se presenta al peregrino, de improviso y como surgiendo de un barranco inmenso, antes de llegar a las lindes de la llanura. Caminando poco trecho más, la avistaremos, y, todo será mirarla para que eso, que fatiga llamas, se trueque en blando reposo; pues la entereza del ánimo absterge las heridas del cuerpo; la aproximación del ansiado puerto aliviana la galera y robustece el remo...
—Pero no se aligerarán nuestras cabalgaduras -interrumpió Sancho-y aunque quisiérades trasmitirles o les trasmitiéseis realmente, la entereza de vuestro corazón, no sería parte, para impedir que la falta de pienso a ellas y el continuo no yantar a nosotros, nos rinda y nos agobie. Mas, señor, yo no tengo que hacer sino lo que ordenéis y pensándolo bien, el retorno ocasionaríanos quizá mayores sinsabores y, efectuarlo de aqueste guisa y de aqueste lugar, sería lo mesmo que si en la puerta del horno se quemara el pan.
Más, en esta sazón, acertaron a pasar unos indios, que, asombrados del extraño talante del caballero, sin lograr explicarse si era el “danzante” o algún carabinero con lanza, se le aproximaron sombrero en mano y haciendo las genuflexiones y reverencias con que acostumbran éstos, saludar a los señores, diéronle las buenas tardes en un idioma incomprensible, lo que no maravillo al caballero, acostumbrado, como estaba ya, a insólitos acaecimientos, y, mientras Sancho les oía asombrado, Don Quijote, con firme acento, les dijo:
—¡Oh, vosotros ilustres descendientes de príncipes manchures o vestales trogloditas, que no por morar en cavernas o ambular en los páramos, ignoraís la grandeza de mis fazañas!, no os postréis de hinojos, que aunque os holgara y ennobleciera el hacerla cante tan alto oballero, huélgame mayormente el haceros merced de acatamientos y aunque vosotros no lo impetráseis rompería mi lanza para redimiros del cautiverio en que yacéis; pues, mi magnanimidad no ha menester de pleitesías ni mi valor de acicate. Decidme agora mesmo, dónde están, que ardo en deseos de rendir a los que os rindieron, aunque fuesen magos o gigantes!.
Pero como los indios, que lo contemplaban suspensos y abobados, sin entenderle una sílaba vieron que a las palabras acompañaba ademanes amenazadores y llevaba la mano a la empuñadora de su espada, emprendieron precipitadamente la fuga, abandonando a sus asnos. Furioso, Don Quijote, con tan inesperada acción, embrazó la adarga, requirió su lanza y hubiera acometido a los que huían, si el infeliz Rocinante, famélico y extenuado, no se hubiese parado en seco, insensible a la espuela, reciamente agitada por su señor y si Sancho, saliéndole al paso, no le hubiese requerido con palabras comedidas a dejar la persecución de los villanos, que, según él, eran jayanes y no príncipes cautivos, que ni catadura de tales tenían, ni su actitud, aunque humilde, era la de los que piden merced o auxilio.
Y así, entre las protestas fogosas del amo y los razonamientos del escudero, caminaron ya un largo trecho, cuando de pronto, apareció a poca distancia, rugiendo en vertiginoso empuje, lanzando sonoros resoplidos y ensordecedor estrépito de hierros trepidantes, un tren que se aproximaba a la ciudad. Ambos peregrinos quedaron extáticos ante tan inusitada visión, hasta que el caballero, convencido de la testarudez de su caballo, que no salía del lento paso, apeóse con una facilidad que no armonizaba con el peso de sus armaduras ni con la fatiga que parecía ya rendirle y se lanzó a largos pasos en persecución del monstruo, que, huyendo rápidamente, se perdió en una curva del camino, reapareció luego y empequeñecióse hasta confundirse en una ondulante y vaga sombra negra que se desvaneció en la llanura.
Cuando Sancho, arreando penosamente a las bestias, logró, después de algún rato, dar alcance a su amo, encontróle monologando, orgulloso de haber puesto en fuga al más temible y poderoso monstruo que por maleficios y hechicerías había lanzado contra él, el mago Hermolombrido, protector de su rival, el caballero de la Sierpe de Fuego, contra quien la desalada fantasía del hidalgo, espetó terribles anatemas.
Concluyó su larga perorata, diciendo:
—Al enemigo que huye, puente de plata, dirías, tú, Sancho; mas, yo, puente de oro le pondría para que retome y pueda sentir el impulso de mi brazo y el empuje de mi valor y así enriquecer la historia de la Caballería, con una hazaña que recogerían los siglos venideros, para lustre della.
—No os acongojáis, Señor -replicóle, Sancho, sonriendo con Satisfacción- que no hay mejor aventura que la que no ofrece peligro. La grandeza de vuestra hazaña, consagrada está ya por la fuga estrepitosa del monstruo que barruntó el poder de vuestro brazo y de vuestro valor.
—No me satisfacen tus razones, Sancho amigo, pues aventura sin peligro, no es digna de tu señor ni cuadra al buen nombre ni al renombre que he menester, para decoro y lustre de la Caballería.
II
Comenzaba ya a extinguirse la tarde, cuando de súbito apareció ante la atónita mirada de los viajeros, que se detuvieron sobrecogidos de admiración, la enorme cuenca en cuyo fondo, como palpitando entre levísima bruma acribillada por millares de luces, se extendía la heróica y denodada ciudad de La Paz.
Proyectábanse en confuso hacinamiento, cúpulas armoniosas de templos y palacios, torres enhiestas; atrevidas construcciones que parecían trepar a las colinas o precipitarse a la rompiente, que dividía en dos pianos inclinados la ciudad; edificios presuntuosos que se erguían ostentando la elegancia de su estructura, junto a tejados chatos; calles rectas, calles tortuosas; largas series de casas rectilíneas, coronadas por inmensas chimeneas humeantes; techo rojizos; techos de un gris azulado, edificios que desprendidos del conjunto parecían enderezarse hacia los cerros; copas altísimas de opulentos árboles, que se enfilaban en las lejanas avenidas, o flaqueaban las casas de los alrededores y ponían manchas oscuras en los rectángulos formados, por tas plazas y en las avenidas que recortaban la Informe masa de edificios acumulados en la enorme garganta.
En un collado próximo y dominando la población, cabe inmensa portada de piedra, mostraba un cementerio, sus callejas simétricas, bordeadas por arbustos, entre los que destacaban su blancura las cúspides de esbeltos mausoleos y descollaban cruces y torrecillas.
En la inmensa cuenca palpitaba la vida ciudadana. La diafanidad resplandeciente de la atmósfera, quebrantaba las leyes de la perspectiva, abreviaba las distancias y permitía percibir la coloración de las colinas lejanas, que decoraban el paisaje, y en las que el crepúsculo vespertino ponía tonos azulados, violetas, anaranjados, rojizos, ocres. Y todo contemplado súbita e inesperadamente, desde la altura dominante, intensificaba la fuerza de la emoción con la violencia del contraste.
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Ante tan insólito espectáculo, prorrumpió, Don Quijote, en ardientes exclamaciones; pues estaba seguro de que este fantástico retablo, esperaba desde siglos atrás, la pujanza de su bravura y el denuedo de su brazo. Recordó que, según cronicones ya olvidados, estuvo allí un pariente suyo llamado Simón Bolívar y nació en sus proximidades, Don Pedro Domingo Quijano, que debió dejar luenga prole y, finalmente, aseguró a Sancho, que, si. hay —como que no puede dejar de haber— justicia y acierto en los reyes que por la Gracia de Dios reinan en el mundo, debió ser Corregidor de esa ciudad, el ingenioso Hidalgo Don Miguel de Cervantes Saavedra, que lo hubo solicitado al Rey nuestro Señor.
Y continuó hablando tan largo y tendido que ni la fatiga nl el frío fueron parte para detener ni entibiar su entusiasmo.
Comenzaron a descender por una polvorienta ladera que se retorcía y ondulaba, casi paralela a otras, por laque cruzaban ruidosos vehículos, acémilas y arrieros. En ciertos lugares podían ver otro camino que hacía zetas y eses y en el que las grietas del barranco estaban atravezadas por puentes de hierro que parecían jaulas de fiera, y en las que, dos largas líneas metálicas, se extendían siguiendo las ondulaciones de la carretera.
Llegaron por fin a las goteras de la ciudad y aceleraron, cuanto les fue posible, el paso de sus caballerías. Llegaron a la calle Tumusla, atravesaron la Plaza “Alonso de Mendoza” y remataron en el tambo de “Quirquincho”, en el que se instalaron, merced al consejo de un arriero que les sirvió de guía, desde que se aproximaron a la ciudad.
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Aquella misma noche, Sancho, había trabado relaciones con un gomero llegado de Caupolicán, unos estudiantes que volvían de sus provincias y algunos huéspedes más, todos los cuales, seducidos por las maneras discretas y comedidas y los oportunos decires del escudero, invitáronle a pasear por la ciudad y conocerlas costumbres nocturnas de sus habitantes, a lo que accedió gustoso y logró que también accediera su señor, quien pensó que había que oponer diligencia para vencer a la pereza provocada por el cansancio que el viaje le causara.
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Después de mucho andar y recorrer calles y callejas, fueron a parar al ya entonces célebre barrio “Chijini”, en el que al paso hallaron una casa muy alumbrada, a la que, directamente, entraron, como si para ello estuviesen ya de acuerdo todos, menos don Quijote, que sin saber cómo ni cómo no, se hallo a los pocos segundos, en una sala muy alumbrada en la que, al compás de una música canallesca, danzaban, fuertemente abrazadas, parejas de hombres ensombrerados y mujeres escandalosamente descotadas y, ataviadas con tan poca honestidad, que le forzaron a decir:
—O no soy quien soy o he de arrojar de esta morada a los danzantes y malandrines que maquinan contra el recato de estas fermosas doncellas, condenadas a cautiverio y a cubrir, sólo a medias, el cuerpo con ligeros tafetanes y si violado habéis su santa clausura, amparados por algún mago proxeneta, a él también rendiréle en esta misma hora y punto.
Mientras los concurrentes le escuchaban, entre asombrados y risueños, una mujer, separándose del grupo formado por las ya desprendidas parejas, díjole:
—Mire, no sea leso, si etá uté curao; pase a la cantina.
—Curado estoy y bien curado de las heridas que en combates singulares con caballeros, o en andanzas de otra guisa, he recibido, pero resuelto, siempre y pronto, a recibir las que causáranme nuevas acechanzas y apercibido para rechazarlas, que jamás caballero ni gigante alguno desvió mi intención ni amenguó mi valor.
—No se caliente, m’hijito, díjole otra mujer, asiéndole cariñosamente las manos.
—No soy mijito, ni admito motes, aunque no demando aquí mercedes ni acatamientos.
—Le ha querido llamar hijito suyo —replicóle, uno de los amigos de Sancho.
—Yo; hijo soy sólo de mi madre y de mis obras, jamás hijo de pudibundas doncellas —respondióle indignado el caballero.
Irrumpieron nuevas parejas y rodearon a Don Quijote, que peroraba excitando el regocijo de sus oyentes.
Divertidos los del lupanar con las pláticas de Don Quijote, simulando acatamiento, ofreciéronle no solamente abandonar el recinto, sino coadyuvar al rescate de las doncellas cautivas; hiciéronle hablar de sus hazañas. Las mujeres acariciábanle la barba y escuchaban con alborozo las protestas de amor y fidelidad que él, rechazándolas suavemente, formulaba en fervorosas cláusulas, recordando a su sin par señora, Dulcinea del Toboso, a la que no ofendería ni de pensamiento, aunque se sintiese como se sentía, hostigado por los requerimientos amorosos de esas virtuosas damas de alta prosapia y valimiento y que tan amorosamente se le rendían.
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Aburridos al fin de los unos y persuadidas la otras de que no llevaba dineros, diéronle con las puertas, lo propio que a Sancho, que, completamente borracho, acompañó a su amo, dando traspiés y tropezones y sin poder escuchar ni responder a sus amonestaciones y razonamientos.
III
—Démonos prisa, Sancho,— decíale al despertar al día siguiente— que ardo en deseos, no de hacerte merced de esta ínsula, que no es ¡a que Dios te destina todavía, sino de prestarle amparo en los rigurosos trances que hácenle pasar herejes y mojigangas y júrote por mis barbas que en parte alguna hace más falta tu señor; que, desde luengos tiempos, jamás caballero andante fue osado de llegar aquí. Y no será en este almenado castillo donde prosigamos dando pábulo al reposo...
Aquí, Sancho, le interrumpió, diciéndole:
—Advierta Vuestra Merced que éste no es castillo sino posada, y posada de judíos, que como prenda de pago de hospedaje, por poco no me obligan a dejar albardas y aparejos.
—Necio de tí —objetó Don Quijote— ignoras que es usanza de cuidadores de castillos cobijar prensas de caballeros y guardallas de acechanzas de villanos, y, no olvides que quien no es parco en murmuraciones, pródigo no será en generosidades de obra, y no olvides tampoco que la desdicha deja siempre abierta una puerta a la ventura, y por ella pasaremos, aunque tú no lleves albarda ni yo armaduras, que aquéllas no hacen al jumento ni aquestas al caballero, pues, aunque te maravilles, la fortaleza del brazo se aposenta en el corazón.
—Aunque Vuestra Merced me lo asegure — respondió Sancho, mientras se ponía las calzas — yo creeré que un arcabuz, en manos de jayán o de galeote rendirá al más esforzado corazón de caballero y lo acallará, por siempre, si es que éste no está armado o apercibido.
Y así, platicando, acabaron de vestirse y se echaron luego a la calle.
No habían los dos peregrinos andando más de diez varas y ya tras de ellos iba una turba bulliciosa de chiquillos, cholas y desocupados, que atraídos por la catadura extraordinaria del caballero, pugnaban porfiadamente por mirarle la cara, medio oculta bajo la celada y por aproximarse a él o ganarle la delantera. Todo lo cual indignó a Don Quijote, que se detuvo, se irguió airado para increpar a la multitud, mas, la presencia de las cholas a quienes avistó primero, aplacóle de tal suerte, que prorrumpió en galantes decires y comedidas actitudes. Y dirigiéndose a ellas les dijo:
—¡Oh, fermosas doncellas, que olvidando el recato que conviene a vuestro estado y sexo, abandonásteis a deshora el lecho, para rendir las primicias de vuestra donosura, a este invencible caballero; mas, por desdicha, mi voluntad no puede satisfacer la vuestra y aunque os parezca sandio caballero, que deje pasar en blanco la venturosa ocasión de que me hacéis merced, tengo que acatar la fe jurada a mi sin par señora...
Iba a continuar, pero su voz se ahogó en descomunal gritería y en espantosa rechilla y una lluvia nutrida de cáscaras se cirnió sobre Don Quijote y sobre los más próximos a él, que entre burlones y azorados, le escuchaban, los que, por ponerse a buen recaudo, arrastraron consigo, en la confusión, hasta un zaguán vecino, al hidalgo caballero que no dejaba de hablar aunque ya nadie podía oirle.
Felizmente, a la sazón, llegó un gendarme a caballo, que auxiliando al guardián de policía, que pugnaba inútilmente por restablecer el orden, consiguió dispersar a la tuba, previniendo a Don Quijote que se abstuviera de formar corrillos y provocar escándalos.
Una vez repuesto de la sorpresa el maltrecho caballero, oyó que Sancho le decía:
—Renunciemos a estas andanzas, señor mío, que en este malhadado lugar surgen, o parecen surgir del suelo, como por encanto, gentes adyectas y agresivas, y esas mismas malolientes mujeres, que parecen figurones de feria o perinolas invertidas, decían contra vuestra merced, cosas que, aunque no llegué a comprender del todo, porque agarrotaban las palabras en media garganta, pareciéronme soeces denuestos y destemplados epítetos, que alcanzaban, según mi humilde parecer, hasta vuestra señora madre, a quien Dios tenga en su gloria.
Don Quijote, sin escuchar razones y sintiendo que se le caían las armaduras, tomó a toda prisa a su alojamiento no muy lejano todavía, permitiendo a Sancho, de buen grado, que se quedase a departir con unos señores que luego lo condujeron a una taberna vecina, en la que Sancho, no dio tregua a la sin hueso, solazando a sus interlocutores que pagaron gustosos el consumo, admirando su donosura y desenfado.
IV
Después de algunos días de obligado reposo, vínosele a las mientes aquello de que el Caballero de la Cueva Redonda, antes de lanzarse a las más temerarias aventuras, solía dar reposo y esparcimiento al cuerpo, paseando solitario, por lugares apacibles, confundiéndose con labriegos y villanos y, resolvió hacer lo propio, para lo que, despojándose de su armadura y prescindiendo de su escudero, abandonó su morada y se lanzó resuelto a recorrer la ciudad y sus alrededores.
Halló unas calles tortuosas en las que edificios muy altos parecían violar las leyes del equilibrio y otros, las de la simetría. Vio casas presuntuosas en las que, con artificioso adorno, pretendíase suplir la armonía arquitectónica; casas humildes, casas ancianas, injuriadas por protuberancias florales en las que el estuco perpetró arabescos inverosímiles, gentes de vestiduras y aspectos rarísimos y diversos; mujeres de alto sombrero engomado y ampulosas faldas, otras que parecían calcamonías, de caras embadurnadas como paletas en uso; carromatos tirados por caballos escuálidos y otros estrepitosos que, sin caballo ni tiro alguno, se deslizaban con admirable rapidez; otros muy grandes con aspecto de jaulas encristaladas que caminaban sobre líneas de hierro, traqueteando y haciendo sonar campanillas.
Al cabo de mucho andar, abríose ante los asombrados ojos del caballero una anchísima y larga calle arbolada, en la que altos edificios, recargados de adornos, exhibían su llamativa petulancia, alzándose sobre jardines brutalmente simétricos, que, como perros amaestrados, se agazapaban a sus pies.
Entre la muchedumbre, que paseaba lentamente, contemplo absorto unos efebos de boca carmesí, cejas ondulantes y orejas de parturienta que vestían polleras curvilíneas y blanqueaban los ojos a unas mujercitas, de pantalones acampanados y entallada chaqueta. Era, posiblemente, que el inexperto caballero confundía los sexos.
Un mendigo, floreciendo entre mugrientos andrajos, que acometía a los transeuntes, se enderezó al caballero. Por suerte suya, no alcanzó a comprender lo que le decía, ni pudo sospechar que, entre esa gente tan vistosa y tan acicalada, pudiesen pulular los mendicantes.
Por fin, después de mucho andar, llegó a una especie de plaza, cubierta de árboles y cerrada por altos edificios y en cuyo centro, sobre una especie de chimenea cúbica, se alzaba la figura de un chulo muy majo, con la capa airosamente terciada; sobre el ancho zócalo, y, encaramadas en el pedestal, unas señoras obesas con casco y peplo, otras con gorros frigios y un cachorro rampante, completaban y servían de motivos ornamentales, acreditando su calidad simbólica, con leyendas breves pero contundentes. “Gloria, Libertad, Progreso”.
Y en caracteres dorados a manera de lápida cineraria o de anuncio comercial, leíase el nombre del prócer, con sus respectivas iniciales. “Pedro O. Murillo”. En uno de los bancos verdes, alineados bajo los árboles, bostezaban unos hombres o conversaban gentes al parecer desocupadas.
En uno de los frentes destacaba su ancha mole, un palacio coronado por esbeltísima torre de aureo remate, ostentando la más complicada estructura que haya jamás, el caballero, visto, y en la que no se había olvidado ningún estilo arquitectónico ni escatimado detalle alguno de ornamentación. Guarnecían los vanos o reforzaban los macizos, arcos peraltados, arcos escarzanos, arcos elípticos, arcos trebolados; ménsulas, capiteles diversos, frisos, almocáberes, arabescos; columnas toscanas, jónicas, corintias, dóricas; antepechos, balcones de alféizares salientes y escalinatas de mármol. Y, sobre los tejados, cabe adornos de variada mampostería; alzando su armoniosa redondez, descollaba una cúpula de cristales.
Estupefacto, Don Quijote, ante tan espléndida prodigalidad de estuco, después de lanzar la postrera mirada al misterioso chulo de la chimenea, resolvió penetrar al interior de tan fastuosa morada, sobre cuyo frontispicio se leía: “Palacio Legislativo”. Franqueó una puerta, custodiada por un hombre de altas botas y dorado morrión que, en hierática actitud y más inmóvil que las estatuas, mantenía sobre el hombro un arcabuz muy largo.
Después de atravesar pasillos y ascender por escaleras estrechas, encontróse, con sorpresa indescriptible, sobre un corredor circular que dominaba una sala de igual forma, en la que apoltronados sobre movibles sillones, reposaban unos hombres, circunspectos y ceremoniosos.
Abriéndose campo entre los espectadores, logró, llegar junto al antepecho, y, advirtiendo que alguien hablaba, hízose todo oídos para escucharle. Fumaban unos, dormitaban o leían periódicos, otros. Vistas, desde la altura de la galería, las cabezas de esos señores, parecían un semicírculo de calabazas movibles; las había calvas y relucientes, engomadas, las más de agresiva pelambre; se balanceaban lentamente o permanecían inmóviles. A la sazón, decía un orador con elocuente acento:
—Nos debatimos, Honorables colegas, en la impotencia o nos detenemos en banales cuestiones sin solucionar los asuntos a tratarse, que tienen rol destacadísimo, como se puede constatar, desde ya. Se los garanto y es ello remarcable; pueden apercibirse por la eclosión de las reacciones públicas.
Al oir esa sarta de galicismos, dislates y barbarismos, Don Quijote, dirigiéndose a un espectador vecino suyo, díjole:
—¿En qué idioma habla este bergante?
-No es bergante, señor, es el Honorable Pérez Sánchez, orador contundente y hábil parlamentario...
Don Quijote no pudo oir el final de la respuesta de su interlocutor, atraído por la perorata de otro, que respondía al anterior y luego de otros más. Don Quijote reflexionaba: tienen piel de castellano estos discursos, pero con piel de cordero pueden vestirse hasta el avestruz y la vulpeja.
Los sacó súbitamente de sus meditaciones una tromba de aplausos, interrumpiendo a otro orador, que poniéndose de pié, continuó hablando:
—Si, Honorables señores, nosotros los padres de la Patria, que munidos de la representación que el pueblo nos discernió, venimos al parlamento, abandonando nuestros hogares e intereses para sacrificarnos por las libertades públicas, rendimos en el sacrosanto templo de la Constitución el holocaustro de nuestras virtudes republicanas.
—Con sabias leyes, transformaremos las condiciones étnicas, geográficas y culturales de la patria y haremos flamear la bandera de la causa del pueblo, bajo cuyos pliegues inmaculados, la integridad territorial, tendrá como baluarte nuestros corazones y las libertades públicas, como valladar nuestros cerebros; imperativos de la hora presente; postulados supremos de la democracia, ideales propulsores de la locomotora del progreso, bajo cuyo penacho flotante, florecerán, radiantes y fecundas, todas las virtudes republicanas. Triunfará la causa del pueblo, pese a la adversidad, pese al destino.
Otro estallido de aplausos acalló la sonora palabra del orador.
Don Quijote, aunque no pudo comprender claramente la profunda filosofía de esas palabras, se entusiasmó por lo de sacrificios y holocaustros, y sin poderse contener más, incorporando el busto sobre el barandado y abriendo los brazos, apenas se restableció el silencio, dijo, con robusta voz y entonación solemne:
—Agora comprendo, señores aereopagitas o lo que fuéseis, por qué ya no tiene razón de ser la razón de la sinrazón, ante el razonamiento del razonador que con tales razonamientos raciocina. Y juroos por el Dios que me sustenta que si sacrificaros pretendeís, por vuestra voluntad y talente y, en oblaciones y holocaustos inmolaros, jamás permitirélo, pues, mientras el cielo sea servido de mantenerse en armas, ellas serán para evitar el sacrificio de inocentes; que no es bien pensado que en este mesmo punto y hora quisiérades facerlo. Que no es de caballeros bien nacidos ni corresponde a mi fama y profesión folgarme en regalada pereza, mientras que los de aquesta patria padres os llamaís, expusiéseisla a dejarla en la orfandad, que para socorrer huérfanos y desvalidos enviónos Dios al mundo a los andantes caballeros, y, pese a vuestro heroismo que más presto que vuestras mercedes me apreste yo a…
En este momento, agitando una campanilla y poniéndose de pié, un señor que ocupaba la testera, díjole con arrogante y convencida voz:
—Ignora el honorable... señor que ha hecho uso de la palabra desde la barra, lo taxativa y. terminantemente dispuesto por el artículo 34 del Reglamento de Debates que prohibe terciar en las discusiones a quienes previamente no hubiesen obtenido aprobación de sus credenciales o solicitado y obtenido audiencia.
A lo que Don Quijote, indignado y dominando el murmullo, respondióle:
-Menguada patraña invocáis, señor caballero: que el debatir con reglamento es lo mesmo que combatir con grilletes; que la única regla que no serán osados de torcer, los caballeros, es la que señala el camino del limpio pensar y del obrar con firmeza y denuedo. Sabed, también, que de credenciales sólo han menester aquellos que por andar en tráfagos vedados no hicieran ya fe con sus hechos y sus palabras y los que, en luengo e ignorado cautiverio...
Hubiera continuado Don Quijote, si la algazara provocada por su respuesta no hubiese apagado su palabra con estruendoso vocerío y, si un agente de policía secreta, no le hubiera cubierto rápidamente la boca, con el sombrero de un espectador, evitando que los indignados concurrentes se le fueran encima.
Cuando se restableció el orden y mientras Don Quijote pugnaba por deshacerse del policía, seguro de ser víctima de algún encantamiento, uno de esos señores que se apodaban honorables, pidió voto de censura para el intruso; otro, en larga y elocuente oración, hizo la exégesis del articulo 34, infringido en aquel momento, con desmedro del decoro nacional y pidió la dispensación de trámites; a lo que se opuso un tercero, demostrando, con vibrante lógica, la necesidad de consultar previamente al jefe del partido, porque “lo contrario equivaldría a desbaratar la disciplina política, firme base sobre la que reposa la unidad nacional y el porvenir de la Patria”. Muchas veces los aplausos frenéticos de los espectadores le cortaron la palabra.
Otro que dijo ser del bando opuesto, aseguró con acento conmovido, que el desacato que se produjo era imputable a la mayoría. El público le ovacionó con delirio. Arrullado por los aplausos prosiguió hablando del incidente, hasta que la luz del día que se tamizaba amortiguada ya, al través de la encristalada cúpula que coronaba el recinto, fue reemplazada por la que se encendió, súbitamente, en las innumerables ampolletas eléctricas de las lujosas arañas, lámparas y candelabros que exornaban el salón; lo que talmente maravilló a Don Quijote, que derribando al policía que le asediaba, intentó, pero no pudo, salir en busca de sus armas para volvérselas contra el mago, su enemigo oculto, que pretendía agobiar su entereza con acaecimientos jamás oidos, vistos ni leídos en libro alguno y que más parecían obra del demonio que de cristiano.
Vanamente pretendieron perorar muchos caballeros, a quienes les rebasaba la elocuencia y les congestionaba el cerebro un cúmulo de ideas destinadas a defender la inviolabilidad del violado artículo; vanamente, porque el orador, siguió hablando de este “importante tópico”, que continuaría estudiándolo en la sesión inmediata y en las sucesivas si era preciso.
Intrigado Don Quijote por la frecuencia con que, recíprocamente, se daban, esos oradores, el calificativo de “Honorables”, preguntó a un vecino.
—¿Por qué se denominan “honorables” esos señores?
—Porque son diputados.
—¿Y vosotros, no os consideráis honorables, por ventura?
—No señor, porque no somos diputados. Y le volvió la espalda, temeroso de que las interrogaciones del caballero, le impidieran salir a tiempo para ovacionar, desde la plaza, a los oradores de su partido.
V
Al día siguiente y después de reparar como mejor pudo sus armas y vestimenta, caballero en Rocinante y seguido de su fiel criado, se aventuró de nuevo por estas calles de Dios.
No bien hubo abandonado el ancho zaguán del Tambo de “Quirquincho”, cuando un automóvil que pasaba lanzando sonoros resoplidos espantó a su caballo, el que por poco no derriba a una vieja que por allí caminaba, la que regañando, temblorosa y asustada, metióse a una casa próxima, haciéndole señales de cruz, como si fuese el demonio, sin escuchar ni atender las buenas razones del caballero que juraba matar al monstruo causante del atropello, tan pronto como se pusiese nuevamente en su presencia, y que ya lo hubiese hecho a no haber fugado cobárdemente.
Ambos jinetes avanzaban, siempre seguidos de muchachos desocupados y de toda clase de gentes que le espetaban gritos y cuchufletas, insultos y silbidos, hasta que no pudiendo más, Don Quijote, volvió riendas a su caballo y se encaró a la multitud para arengarla, pero su voz se apagó entre los gritos y los insultos. A estos siguieron las pedradas y, mientras Sancho se apabullaba como podía, el buen caballero recibió tan violento golpe en la nariz que le produjo abundante hemorragia, lo que excitó talmente su encono, que ciego de furor, acometió lanza en ristre a los villanos, derribó a los más próximos y puso en rápida fuga a la multitud, que si tuvo valor para el improperio no lo tuvo para la resistencia.
—Ya lo vez, Sancho— díjole enjugándose la sangre que de su nariz manaba— poco pueden contra mí los enemigos que de esta suerte hacinan a mi paso los que protegen a Alifanfarón, y, aunque restañar no pueda mis heridas, la dulce dueña de mis pensamientos, huélgame el recibirlas que por honor suyo y de la Caballería, cuarenta ánimas con cuarenta vidas y otras tantas más que a Dios pluguiese donarme, sacrificaríalas, si ello fuese preciso, para despoblar el universo mundo, de bellacos y follones.
Iba Sancho a decir algo, cuando se presentó, seguida de mucha gente, una pareja de agentes de seguridad que les intimó arresto.
—Marche usted a la policía— díjole uno de ellos—, dése preso.
Como Don Quijote, se dispusiese a darle explicaciones, continuó el otro policía.
—Hará usted su exposición ante el comisario de semana. O marcha callado o toco el pito y lo llevo del cogote.
—Jamás en parte ni libro alguno de caballería —arguyó Don Quijote- he visto que la Santa Hermandad tenga nada que ver con caballeros, y si vosotros lo sois o pretendeís serlo, desnudad las espadas y apercibíos a la defensa antes que como a villanos os acuchille, pues aquello de la prisión es ruin, patraña, lazo vil que mis rivales quiérenme tender...
Iba a continuar, pero ambos polizontes a la vez, avalanzáronse bajándolo del caballo y apoderándose de sus armas, condujéronlo al puesto de policía, seguidos de bulliciosa muchedumbre que impidió oir las sabrosas pláticas y elocuentes protestas con que impugnaba el prisionero a los feroces policías que intentaban replicarle aunque no le comprendían.
Sancho que permaneció, entretanto, inadvertido, medio muerto de miedo, tomó las de villadiego, rumbo a su posada, arreando como pudo a Rucio y Rocinante.
Al volver a su habitación, después de haber acomodado en la cuadra las caballerías, encontróse con personas de distintos aspectos y edades que iban a darle la bienvenida, con reporteros, fotógrafos y curiosos; personas, todas, atentas y obsequiosas que deploraban la prisión de su señor y, pidiéndole datos, dábanle ancho margen para soltar la sin hueso. Todas concluyeron alabando su discreción y prudencia y deplorando que su señor hubiese faltado de obras y de palabras a la autoridad.
Después de algunos días de amargo arresto, por haber faltado a la autoridad y promovido escándalos en vía pública, salió de la prisión el de la Triste Figura, pero no sus armas que por ser de uso prohibido, debían ser decomisadas.
Sin acertar el camino, y después de andar por calles para él desconocidas; acribillado por los dolores físicos; rendido por la fatiga y externado por el hambre, cayó exánime en pleno arroyo el, jamás como se debe alabado, caballero.
Conducido a un hospital, pasó días muy largos y noches más largas todavía, sin más consuelo que la presencia piadosa de una Hermana que le escuchaba con paciencia, quizá con interés, y que, como él, era natural de la Mancha.
El día que lo echaron del hospital, llegó tras muchos inútiles andares, al tambo, en busca de su escudero, pero él ya no estaba allí, habíanlo trasladado a un gran hotel, sus innumerables amigos y admiradores.
Y, solo y abatido, buscó, vanamente, algún descendiente de caballero andante. Anduvo en busca de aventuras, ávido todavía de enderezar entuertos, destacar agravios o socorrer doncellas desamparadas; pero ¡oh dolor!, sólo hallo agravios, fué aporreado y escarnecido y, antes de ser desterrado de la ciudad por vago y malentretenido (según amenaza oficial que recibió), determinó partir al día siguiente, para lo cual buscó a Sancho, a quien, con la ayuda solícita de un preceptor jubilado, medio inválido y medio mendigo, logró encontrarlo, instalado en suntuoso alojamiento, vestido de inusitada manera. Llevaba flamante levita de airoso vuelo, que, disimulaba las groseras protuberancias de su abdomen, alivianaba, en parte, sus naturales tosquedades; calzaba relucientes zapatos acharolados, con caña de suave gamuza gris perla, que atinaba en lo posible sus anchos pies de jayán; peinado como un gomoso, esmeradamente afeitado, con lentes de oro y guantes de piel de Suecia, presentósele el buen Sancho.
Después de mucho mirarlo y restregarse los ojos, reconoció a su fiel escudero y, con airada voz, le dijo:
—¿Hazme acaso, por tu voluntad abandonado, o eres víctima de sortilegios o encantamientos, ¿o es que, por ventura, la regalada holganza y el buen yantar te han desviado el seso y decidídote a vestir desa estrafalaria manera?
—Absténgase de reproches y cuchufletas vuestra merced y no sea más osado de herirme, sin zaherirme que, sin vos haberlo procurado ni requerido, hánme proclamado Gobernador vitalicio de aquesta ínsula, y, como honor no pedido del cielo viene, y la voz del pueblo es la de Dios, desoir no quise la de este pueblo y háme pues, sin yo pensarlo, con el peso del gobierno a cuestas. Que el no saber leer no me hace falta, y, en teniendo el mando y el palo, haré lo que quisiera; otro firmará por mí y lo tendrá a vanagloria y como las necedades del poderoso por sentencias pasan en el mundo, no he menester de sabiduría sino de poderío para que el vasallaje me sea rendido, y aunque de gobernar ínsulas, sé tanto como un jumento, no me pasará del majín aquello de que dádivas quebrantan peñas y que entre muelas cordales no hay que meter el dedo y que , antes de cortarse las uñas vale más tenerlas bien pulidas para el bien parecer, y que, librea provechosa vale más para el vasallo que tisona blasonada; seguiré, Dios mediante, buen camino.
—Maldito de Dios seas Sancho —interrumpió Don Quijote-y malditos tus refranes, que estás dándomelos agora, como trago de tormenta. Cárguente setenta mil Satanases y quítente el gobierno tus vasallos o vayánse al demonio en hora mala, con la ínsula, que, para vergüenza mía, por yo haberte traído, has de gobernar. Mas, consuélame y quítame escrúpulo, el que con veras y discreción supe aconsejarte y que, violentando mis deseos y desacatando mis órdenes, te truecas de siervo de caballero en amo de bellacos.
—Guardad vuestras razones, señor Don Quijote— respondióle Sancho— que con las que aprendí destos señores, un negro de uña me importa cuanto vos dijéreis, que ya no creo ni en Dios ni en el diablo, ni en la Caballería y, por último, más sabe el necio en su casa que el sabio en la ajena.
—Eso no —dijo enfurecido Don Quijote—, el necio ni en la suya ni en la ajena sabe nada y, sobre el cimiento de la necedad, no sienta ningún discreto edificio y el de tu gobierno pronto caerá con las patas arriba; oh, vil y pérfido jayán, a quien en hora nefanda amé y saqué del estercolero. Y sollozando amargamente, salió de la lujosa estancia del Señor Gobernador, el maltrecho y casi desnudo, caballero.
VI
Con la desolación en el espíritu y andando trabajosamente, encaminóse a su posada, resuelto partir cuanto antes de esta aciaga ciudad. Pidió que le trajesen a Rocinante, único amigo leal que en el mundo le quedaba; pero no lo pudo haber más. Era prenda, en concepto legal, del alojamiento y el forraje, y, aunque menguada para cubrir el total pago, tuvo que ser destinada a este fin, por más que Don Quijote protestase en nombre de la Caballería andante, de Dios y de la justicia; implorase merced al cielo y protección a los hados; se deshiciese en razonamientos, imprecaciones, lágrimas y denuestos.
Sus armas, reliquias simbólicas de quien fue flor y lucero de la andante Caballería, contempladas a la luz del genio por cien generaciones reverentes, quedaron depositadas en la Policía de Seguridad, porque su uso estaba aquí prohibido y eran “cuerpo del delito”, de la infracción, pendencia y faltamiento a la autoridad.
Y así: inerme, desolado, andrajoso, sin escudero y sin caballo, salió de la ciudad heroica de La Paz, para no retornar nunca.”
La paz, pues a pesar de lo contradictorio de su nombre (pues en ella pocas veces hay completa paz debido a sus manifestaciones sociales que por sus calles suceden), siempre ha tenido y tendrá una belleza histórica y características culturales propias y mucho más que incitan a conocerla, tal pues como lo hizo Don Quijote. Claro en el cuento, aquel entonces el regresa a su tierra con una gran frustración, sin embargo en caso de la visita actual del foráneo, del boliviano, o del recorrido del propio, siempre termina en por mucho una gran cantidad de gratos recuerdos e ínfimos recuerdos ingratos.
La Paz, cuenta con todos los servicios básicos y es una urbe muy diferente, desde sus características físicas de organización territorial a otras en el mundo, en espera de ti.











